Nota de opinión
Cada vez que en la Argentina se habla de economía, el debate parece reducirse a un puñado de variables financieras. El dólar, el riesgo país, las reservas del Banco Central o la cotización de los bonos ocupan horas de televisión, páginas de diarios y discusiones políticas. Pareciera que allí se resume el destino de un país.
Pero la pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿qué pasa con la economía de quienes viven en ese país?.
Existe una profunda diferencia entre administrar indicadores y gobernar una sociedad. Los primeros son instrumentos. La segunda exige comprender cómo viven las personas, qué dificultades enfrentan y qué oportunidades tienen para desarrollarse.
Durante años, buena parte del pensamiento monetarista construyó una idea según la cual, si las variables macroeconómicas mejoran, el bienestar social llegará inevitablemente después. Sin embargo, la experiencia demuestra que ese derrame nunca ocurre o lo hace de manera insuficiente para quienes más lo necesitan.
Mientras algunos celebran una baja del riesgo país, millones de argentinos aumentan su endeudamiento para comprar alimentos. Mientras se festeja la estabilidad cambiaria, miles de comercios venden menos, las pequeñas empresas postergan inversiones y las familias utilizan la tarjeta de crédito para afrontar gastos cotidianos.
Hay una economía que no aparece en las planillas del mercado financiero: la economía del hogar.
Es allí donde verdaderamente se mide la salud de una nación. En la posibilidad de llegar a fin de mes sin endeudarse. En la capacidad de acceder a un crédito para producir y no simplemente para sobrevivir. En la tranquilidad de saber que el trabajo alcanza para sostener una vida digna.
Sin embargo, el discurso dominante suele invertir las responsabilidades. Cuando las políticas económicas generan exclusión, la explicación termina señalando a quienes necesitan ayuda y no a las condiciones que produjeron esa vulnerabilidad. Se instala así una lógica donde el problema parece ser el gasto destinado a contener la emergencia social y no las razones que hicieron necesaria esa asistencia.
Ese cambio de enfoque tiene consecuencias profundas. Se naturaliza que el éxito económico se mida por la reacción de los mercados antes que por la calidad de vida de la población. Se acepta que el equilibrio fiscal pueda construirse aun cuando aumenten las dificultades para millones de familias. Y se presenta como un mérito aquello que, muchas veces, implica trasladar el costo del ajuste hacia quienes tienen menor capacidad para soportarlo.
Nadie discute la importancia del orden macroeconómico. Un país necesita estabilidad, previsibilidad y responsabilidad fiscal. Lo que resulta discutible es convertir esas herramientas en el único objetivo de la política económica.
La verdadera fortaleza de una economía no se expresa únicamente en el valor de su moneda. También se refleja en la fortaleza de su clase media, en el dinamismo de sus pequeñas empresas, en la movilidad social, en el empleo de calidad y en la capacidad de las familias para proyectar su futuro.
La Argentina necesita recuperar una mirada integral. Una mirada que comprenda que el equilibrio de las cuentas públicas y el bienestar de la sociedad no son objetivos contrapuestos, sino inseparables.
Porque cuando la economía empieza y termina en el dólar, quienes desaparecen del análisis son precisamente aquellos para quienes debería existir toda política económica: las personas.

Por Matías Pérez Manghi
Empresario y analista económico





