El proceso de reacomodamiento económico que atraviesa Argentina empieza a mostrar una nueva consecuencia cotidiana para millones de familias: cada vez más ingresos se destinan a pagar servicios esenciales y menos al consumo de bienes. Economistas y consultoras privadas ya hablan de un “efecto squeeze” o “compresión del ingreso disponible”, un fenómeno que ocurre cuando suben con fuerza gastos difíciles de evitar, como luz, gas, transporte, agua o medicina prepaga.
La situación aparece en medio de la reducción de subsidios estatales y la corrección de precios regulados que estuvieron atrasados durante años. El impacto se siente especialmente en el presupuesto mensual de los hogares, donde las tarifas comenzaron a ocupar un peso mucho mayor que en años anteriores.
“La reducción de subsidios nacionales implica, en el corto plazo, una compresión del ingreso disponible de las familias argentinas porque aumenta el peso de tarifas y servicios sobre el presupuesto mensual. Sin embargo, desde una mirada macroeconómica, corregir estos desequilibrios es necesario para ordenar las cuentas públicas, reducir emisión monetaria y generar condiciones más sostenibles para bajar la inflación en el mediano plazo”, señaló Damián Di Pace, Director de la consultora Focus Market, autora del informe.
Durante gran parte de la última década, el Estado absorbió buena parte del costo de los servicios públicos a través de subsidios. Eso permitió mantener bajas las tarifas de electricidad, gas y transporte, aunque con un elevado costo fiscal y monetario. Ahora, con el proceso de ajuste en marcha, la factura empezó a trasladarse directamente al consumidor.
Los números muestran la magnitud del cambio. En diciembre de 2023, un hogar promedio del Área Metropolitana de Buenos Aires pagaba alrededor de $3.600 por electricidad y poco más de $1.300 por gas. Actualmente, esas mismas facturas rondan los $42.000 y $28.000 respectivamente.

El fenómeno no se limita a la energía. El boleto de colectivo pasó de $52 a cerca de $700 en pocos años, mientras que el subte, el agua y otros servicios también registraron aumentos muy por encima de la evolución salarial.
Aunque el salario promedio formal medido por RIPTE creció más de 600% desde 2023, la mayoría de los servicios regulados aumentó a un ritmo aún mayor. El resultado es una pérdida de poder adquisitivo y una reorganización forzada del presupuesto familiar.
En algunos rubros privados el impacto relativo fue menor. La medicina prepaga, por ejemplo, sigue representando una porción importante del ingreso, pero no aumentó tanto en relación al salario como sí ocurrió con los servicios públicos. Algo similar sucede con colegios privados o seguros automotores, cuyos precios ya se actualizaban más cerca de la inflación real antes del ajuste actual.
En cambio, el transporte es uno de los sectores donde más se siente la corrección. El gasto mensual en colectivos y subtes pasó de representar una fracción menor del sueldo a convertirse en un costo significativo para quienes deben viajar todos los días. Además, todavía quedan aumentos programados en trenes y otros servicios durante los próximos meses.

Detrás de este fenómeno aparece un cambio estructural en la economía argentina. La reducción de subsidios permitió bajar el gasto público y disminuir la asistencia monetaria del Banco Central al Tesoro, algo que el Gobierno considera clave para desacelerar la inflación.
En 2023, los subsidios energéticos y al transporte representaban más del 2% del PBI. Buena parte de ese déficit se financiaba con emisión monetaria, un mecanismo que durante años alimentó la inflación. Hoy, con menores transferencias del Banco Central, la dinámica inflacionaria comenzó a moderarse, aunque el costo de la transición se refleja directamente en el bolsillo de los consumidores.
La inflación mensual, que llegó a superar el 25% tras el inicio del ajuste, fue desacelerándose progresivamente durante 2024 y 2025. Sin embargo, el proceso dejó secuelas sobre el consumo.

Los supermercados muestran una caída real de ventas respecto de 2023, mientras que distintos indicadores comerciales reflejan una recuperación parcial, pero todavía insuficiente para volver a los niveles previos al ajuste. En muchos hogares, el dinero que antes se destinaba a compras, salidas o bienes durables hoy se utiliza para cubrir servicios básicos.
Ese cambio también modificó algunos hábitos de consumo. Durante los años de inflación acelerada, muchos argentinos compraban electrodomésticos o bienes durables como forma de resguardar valor frente a la pérdida del peso. Con una inflación más baja y menos emisión monetaria, esa lógica perdió fuerza y las ventas comenzaron a desacelerarse.

El único segmento que muestra un crecimiento sostenido es el automotor, impulsado principalmente por el regreso del crédito prendario y una demanda acumulada tras años de restricciones a las importaciones.
Para los especialistas, el desafío ahora pasa por lograr que la desaceleración inflacionaria venga acompañada por una recuperación sostenida del salario real. Mientras eso no ocurra, el “efecto squeeze” seguirá condicionando el consumo y redefiniendo las prioridades económicas de las familias argentinas.
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