Nota de opinión
Los datos de la edición medida completa de 2025, pintan el escenario sobre el que llega esta transformación. Según CAME, las ventas minoristas pymes cayeron 0,3% interanual a precios constantes, con un ticket promedio de $33.736 que, descontada la inflación, implicó una baja real del 21,1% en el gasto por compra. Y eso ocurrió con el 87% de los comercios ofreciendo promociones y cuotas: la oferta de financiamiento ya no alcanza para mover la aguja.
La CAIJ fue más categórica en su rubro: las ventas de juguetes cayeron 5,2%, mientras el comercio electrónico creció 30% y ya explica una de cada cuatro operaciones. La brecha entre la juguetería de barrio (ticket promedio de $13.000) y las grandes cadenas ($38.000, con fuerte presencia de importados) muestra dos países conviviendo en la misma fecha. Y según Focus Market, uno de cada tres regalos fue indumentaria: por primera vez en años, las zapatillas desplazaron al juguete del podio.
Pero la lectura que nos interesa va más allá de la recesión: lo que estos números muestran es una reconfiguración del regalo. Más pragmático (ropa que “sirve”), más financiado (cuotas como condición de compra) y, sobre todo, más mediado por lo viral. Porque en un año de consumo planchado, hubo productos que se agotaron: los peluches de capibara y el coleccionable Labubu, impulsados por TikTok.
La economía de la atención ya decide qué se regala, incluso antes que el precio. Al mismo tiempo, las importaciones de juguetes crecieron 114% en volumen, con la mitad del tonelaje ingresando a menos de tres dólares el kilo, lo que llevó a la CAIJ a alertar por la seguridad infantil. Conviene retener este dato, porque la discusión sobre la seguridad física de los juguetes baratos y la que sigue, sobre la seguridad psicológica de los juguetes inteligentes, son en el fondo, la misma pregunta: qué estándares le debemos a la infancia.
Para las empresas que participan de esta fecha, el mensaje es contundente. La confianza va a ser el activo más valioso de la próxima década en todo lo que toque a las infancias. Las marcas que prosperen no serán las que sumen IA como argumento de venta, sino las que puedan responder tres preguntas con total transparencia: qué datos captura este producto y qué hace con ellos; qué pasa cuando el niño le hace la pregunta que ningún adulto quisiera que le haga a una máquina; y qué lugar le deja al juego compartido, porque ningún algoritmo reemplaza la mirada de un adulto disponible.
La oportunidad no está en el tecno-solucionismo ni en el pánico moral, sino en el diseño responsable: productos que potencien la imaginación en lugar de sustituirla, que inviten al juego conjunto en lugar de aislar, que sepan callarse para dejar lugar al aburrimiento, esa incubadora insustituible de la creatividad. La seguridad emocional va a ser para los juguetes con IA lo que la certificación de materiales fue para los juguetes del siglo XX: primero un diferencial, después un estándar, finalmente una exigencia.

Por Mariela Mociulsk,y CEO y fundadora de Trendsity





